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2009/11/11

Vientos de octubre... ¡pánico!

Escrito por Cristina López.  Miercoles 11 de Noviembre. Tomado de El Diario de Hoy.

Los vientos de octubre no fueron lo único que sacudieron con novedad de estreno navideño, a nuestro San Salvador. Era un lunes normal y corriente, que salía de su letargo causado por el fin de semana.
Los rumores de la amenaza apocalíptica de que las maras iban a tomarse la ciudad, tuvieron como consecuencia espectaculares despliegues de presencia policial en las calles, situaciones de tráfico que emulaban las horas pico de New York, padres de familia en pánico, redes de las compañías de telefonía celular colapsadas por mensajes y llamadas que coincidían con preguntas como "¿Dónde estás? ¿Ya venís? ¿No ha pasado nada por ahí? ¿Y vos, qué más has oído?".

No pueden dejar de mencionarse dentro del menú de catástrofes los cambios de planes en miles de agendas, que aglutinaban los quehaceres comunes de lunes; la vacación espontánea ocasionada por empleadores presionados por el terror y previsores directores de centros educativos, y por supuesto, la parálisis de la productividad de cientos de salvadoreños trabajadores.

No es este el medio para juzgar si las reacciones fueron sacadas de contexto o si la actuación gubernamental ante la crisis de histeria colectiva fue la adecuada. Ya lo hizo cada quien en la comodidad de la sala de su casa, mientras veía las noticias desde el sofá (o desde abajo de su cama aún temblando de pánico) o seguramente lo hará al momento de votar en las siguientes elecciones.

Tampoco se debatirán las hipótesis del origen del problema, sacadas de los últimos estudios sociológicos, donde como el cuento de la gallina y el huevo, el péndulo se mueve entre violencia y maras a velocidad vertiginosa. Ese derecho que se lo reserven los programas de opinión y los tanques de pensamiento nacionales, cuando se decidan de una vez por todas a proponer soluciones concretas, y nuestro gobierno a ejecutarlas.

El propósito no es necesariamente dar a luz a la solución que le ponga el final feliz a la historia, sino más bien sentir que de alguna manera se serrucha la puerta de impotencia, contra la que llevamos años de estarnos estrellando. Gritar. Parar de correr como gallina asustada, huyendo de un monstruo de mil cabezas, que no sabemos cómo lo llamará cada una, ni cuál es su historia, ni si tenía papás, pero que tiene tatuajes y que por lo que cuentan los diarios y las familias que lloran a sus víctimas y entierran a sus muertos, son malos, muy malos y no nos quieren.

Cada quien combate la impotencia como puede, y se van poniendo de moda los llamados a no tolerar más, a exigir del gobierno el cambio que tanto nos vendió. Se apuntan dedos buscando culpables. Surgen propuestas que van de lo radical a lo cínico, y se van poniendo de moda los "vigilantes" como salidos de películas, y el miedo sigue siendo enviado como un mal virus por los correos, turnándose la firma entre la "Sombra Negra" o los posibles campos pagados del sector marero, que también se pronuncia.

Ningun correo que se alimenta del miedo, va a terminar con la situación de violencia. Creo, que el mismo país que se unió con pasión de enamoramiento adolescente y con irracionalidad por creer y soñar en que once hombres nos podían llevar al mundial, también puede decidir unirse con el nuevo sueño de que podemos vivir en paz.

Unirse por la tranquilidad de saber que la seguridad de andar por las calles, no debería de ser un privilegio. Unirse, con el optimismo de que la solución está dentro del alcance de nuestras ideas y creatividad. Unirnos, para darnos ánimos y ser más fuertes, ante la guerra por la paz que se nos viene encima.

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