En el país ni siquiera hemos logrado una buena gobernanza, ya no se diga una eficiente gobernabilidad. Nos hemos quedado siempre en el manejo circunstancial de cuestiones inmediatas.
Escrito por Editorial. Miércoles 11 de Noviembre. Tomado de La Prensa Grafica.
En medio de todas las turbulencias que se van acumulando en el día a día del país, hay cosas fundamentales que parecen ir quedando al margen, pese a la importancia y significación que las caracteriza. Una de esas cosas básicas es la gobernabilidad. Ésta, como decíamos en oportunidad reciente, es mucho más que la simple manejabilidad de las coyunturas específicas, como son las que se dan en la Asamblea Legislativa cuando se necesita mayoría simple o mayoría calificada. Es decir, la gobernabilidad está más allá de los arreglos aritméticos de votos; y precisamente esos arreglos han venido cayendo en distorsiones perversas porque no ha habido un esfuerzo sistemático para asentarlos sobre una gobernabilidad que les sirva de base y de control.
Hay que decir de entrada y sin reservas que la gobernabilidad constituye un elemento de sostén estructural que requiere mucho más que un ejercicio de acuerdos políticos entre fuerzas determinadas. La gobernabilidad, para que sea lo que verdaderamente está llamada a ser, debe constituirse en un tejido sociopolítico que abarque aspiraciones nacionales de fondo, planteamientos de acción general en función del bien común y definiciones de política de largo plazo. En este sentido, gobernabilidad no es lo mismo que gobernanza. Aquélla es la cualidad de gobernable que tiene una realidad determinada; la segunda es el arte de gobernar esa realidad.
En el país ni siquiera hemos logrado una buena gobernanza, ya no se diga una eficiente gobernabilidad. Nos hemos quedado siempre en el manejo circunstancial de cuestiones inmediatas. Y ese inmediatismo es lo que nos impide impulsar de veras proyectos de futuro.
Gobernar en tiempos de crisis
Gobernar no es función que tenga siempre las mismas implicaciones y, por ende, las mismas responsabilidades, aunque los conceptos fundamentales del gobierno democrático sean siempre los mismos. Y este distingo diferenciador tiene sentido porque, en definitiva, gobernar equivale a ir ordenando creativamente los diferentes componentes de la realidad nacional en cada caso, de tal manera que los valores y los fines que le dan sustento a la vida en comunidad no sólo se preserven sino que se desarrollen de manera progresiva. Gobernar, entonces, es bastante más que administrar la cosa pública, y, desde luego, muchísimo más que gestionar intereses sectoriales, grupales o aun individuales.
La crisis actual le pone a la tarea de gobernar un desafío sin precedentes. Y esto se subraya aún más cuando nos hallamos en una alternancia política como la que experimentamos. El actual Gobierno debe enfrentar su propio cometido de una manera verdaderamente responsable y realista, para tener éxito en este tramo tan complicado del proceso democratizador. Hacer alternancia en época crítica es de por sí un examen superior de inteligencia y de eficiencia.
Y aquí hay que volver a recordar la frase más característica del Mensaje inaugural del Presidente Funes: “No tenemos derecho a equivocarnos”. Puede haber sido una frase más en el momento, pero recoge en perspectiva la marca de compromiso que le pone a esta gestión el momento histórico que vivimos.
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