Es hora de analizar con real sentido de profundidad nuestro sistema de vida, y no por impulsos ideológicos, lo cual sería propiciar más artificios, sino por sincera y solidaria responsabilidad de nación, que es a la que todos estamos insoslayablemente obligados.
Escrito por Editorial. Jueves 12 de Noviembre. Tomado de La Prensa Grafica.
Luego de que se produce un desastre como el vivido en días recientes en nuestro país a consecuencia principalmente de los efectos del huracán Ida, quedan muchas cosas al descubierto. La primera es lo que un día después de la tragedia señalábamos: la vulnerabilidad extrema en que se mueve la vida de buena parte de nuestra población; y luego ese vivero de dolores y angustias personales que, bajo el impacto de una calamidad de tales dimensiones, se muestra en su verdadera dimensión infrahumana.
Oficialmente, se están reorientando créditos para atender las consecuencias del desastre, se reciben significativas ayudas internacionales y se va organizando de alguna manera la solidaridad con las víctimas; pero nada alcanza a resolver, en realidad, la dramática situación de tantas vidas rotas y de tantos destinos que quedan más a la intemperie luego de sacudimientos de esta índole y magnitud. Las autoridades no se ponen espontáneamente de acuerdo –¿cuándo iremos a tener estadísticas realmente confiables, por favor?– en la suma de muertes ocurridas; y desde luego no hay ni siquiera intentos de cuantificar los verdaderos daños que afectan a los sobrevivientes en distintas áreas y niveles. Tenemos mucho por hacer en cuanto al tratamiento de las necesidades humanas en el país, y esta es una de nuestras deudas históricas más grandes.
Lo peor es que, una vez pasado el impacto inmediato, pareciera que las cosas vuelven a su ritmo normal, sin más. Este olvido selectivo –es decir, recordar sólo lo que se quiere recordar, por conveniencia o por rutina– nos mantiene en una especie de limbo, a la espera de la próxima. Es la actitud que hay que cambiar a fondo.
Respuestas institucionales
Uno de los signos de la auténtica modernización nacional sería la toma de conciencia de que vivimos en un nudo de vulnerabilidades, que se determinan unas a las otras: la vulnerabilidad por las situaciones naturales y climáticas con la vulnerabilidad por las condiciones socioeconómicas; la vulnerabilidad por los defectos de las diversas infraestructuras con la vulnerabilidad por la falta de un sistema de protección ciudadana suficiente, oportuno y eficaz, entre otras. Y, cuando ocurre un suceso como éste, pareciera que todas esas vulnerabilidades muestran su verdadera cara.
Sería del caso hacer una reflexión institucional muy seria y responsable al respecto, para poder sacar un proyecto que comprendiera todas las facetas de la vulnerabilidad nacional, con miras a darle a la población en general la seguridad básica a la que tiene derecho, no sólo por mandato constitucional, sino, sobre todo, por mandato humano y moral, que es lo que está en la base de la democracia como régimen en funciones.
Tragedias como ésta dejan un reguero de tragedias personales, familiares y sociales, que vienen a sumarse a las que ya cargábamos. Es hora de analizar con real sentido de profundidad nuestro sistema de vida, y no por impulsos ideológicos, lo cual sería propiciar más artificios, sino por sincera y solidaria responsabilidad de nación, que es a la que todos estamos insoslayablemente obligados. Si las tragedias no logran enseñar, menos podría hacerlo la normalidad aparente.
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