La derecha, que hoy es un patético ejemplo de desconcierto, tendría que hallar rumbo; la izquierda, que le sigue apostando a mantenerse en buena vigencia sin evolucionar de veras, tiene que asumir la necesaria modernización.
Escrito por Editorial.12 de Enero. Tomado de La Prensa Grafica.
Cuando se presentan condiciones y coyunturas como las que tenemos ahora mismo en el país, tanto en lo político como en lo económico, lo primero que se manifiesta es la ansiedad por encontrar remedios o, al menos, paliativos eficaces para los problemas que se revuelven y generan grandes presiones. Y esta reacción la estamos viendo a diario en el ambiente, con el riesgo cierto de que las medicinas circunstanciales resulten más perjuiciosas que los males estructurales, al menos por el momento.
En el caso de la inseguridad derivada del auge delincuencial, las autoridades están en una especie de trampa procedimental: no pueden repetir experiencias como las de las tristemente célebres Manos Duras, pero tampoco atinan a plantear otras estrategias; entretanto, las ideas sueltas circulan, como ésa de una ley de desarme, que ya debería existir desde hace tiempo pero que tampoco puede funcionar por sí sola. En el ámbito de los grandes proyectos territoriales, como es el Puerto de La Unión, que debería ser tratado como una de las palancas del desarrollo nacional, ya se ve que, con tal de hacerlo funcionar cuanto antes, comenzará a trabajar en un esquema prácticamente local, en abierto contraste con lo que fue su visión originaria como punto de enlace para el comercio mundial.
En tiempos de crisis es cuando más se necesitan visiones de largo alcance y aliento. Esto se puede comprobar por la experiencia internacional constantemente reiterada. Quedarse en lo de siempre es servir a la crisis y sus retrancas. Por consiguiente, la situación que vivimos debería mover la creatividad más que nunca, tanto en lo público como en lo privado. Es la hora de impulsar sin miedo verdaderas visiones de futuro.
Romper barreras mentales
Los procesos tienen su lógica, que va determinando su dinámica. El proceso salvadoreño es una autopista de seis carriles, con distintos problemas de recorrido, pero con suficiente capacidad para transportar las energías nacionales hacia adelante. Todavía nos falta, como sociedad y como institucionalidad, valorar las potencialidades de nuestro proceso, porque estamos aún muy determinados por esquemas mentales de otro tiempo. Si nuestro país supo trascender un conflicto bélico fratricida con un gesto de civilidad que es ejemplo mundial, ¿cómo no va a ser posible que logre levantar las estructuras del desarrollo dejando atrás las piedras ya inútiles de las viejas formas del subdesarrollo?
Para ello se necesitan dos cosas fundamentales: creer de veras en El Salvador y en sus energías históricas en marcha, y mover esa creencia en forma colectiva, es decir, por todos. Los datos de la realidad indican que hace falta mucho trabajo en ambas direcciones; y lo positivo de este momento tan problemático es que ya no hay tiempo que perder en el esfuerzo que ambos desafíos exigen. Los políticos son los primeros que tienen que ordenarse en esa ruta. La derecha, que hoy es un patético ejemplo de desconcierto, tendría que hallar rumbo; la izquierda, que le sigue apostando a mantenerse en buena vigencia sin evolucionar de veras, tiene que asumir la necesaria modernización.
Como decía un Presidente de los tiempos anteriores al conflicto, todavía hay tiempo, pero no mucho tiempo. Nunca hay mucho tiempo, y menos en estos tiempos.
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